martes, 6 de septiembre de 2016

La impotencia

"Todo esto me tiene que estar sirviendo de algo", repite mi cabeza incansablemente cuando tengo un segundo para tomar aliento y sumergirme en mis propios pensamientos (algo que no pasa nada a menudo desde que he llegado a Houston). Me tiene que estar sirviendo de algo. Seguro. Pero no sé aún para qué.

Mi padre diría que me estoy curtiendo, que me estoy haciendo un hombre (para él siempre seré un adolescente imberbe). Debe ser que el Karma me la está devolviendo por no haber hecho la mili en su época y ahora intenta darme ese par de buenas bofetadas para endurecerme el cutis que me tendría que haber dado años atrás.

Los veteranos nos dijeron (más bien nos advirtieron) que esto sería duro. Muy duro. Y que tendríamos muchas ganas de tirar la toalla. Algunos dicen incluso que, al final, el balance merece la pena (a día de hoy aún no me los creo...). ¡Cuánta razón tenían y qué ingenuo fui al pensar que no podía ser tan malo! Cada día es una batalla, casi perdida, contra las ganas de mandarlo todo a tomar por el saco, sin acuse de recibo y sin remitente, no sea que me devuelvan el paquete.

Cada paso cuesta mucho. Por un lado, porque todo es nuevo y diferente, hasta el punto que tienes la sensación de ser un alien venido de otro planeta o, peor aún, un inútil integral que no sabe hacer la "o" con un canuto. Aquí hay que preguntarlo todo, desde cómo mandar un fax hasta dónde arreglarte el bajo de un pantalón... así que ya os podéis imaginar lo que significa entender y ya no digo encajar (que eso es nivel avanzado) en un sistema educativo completamente diferente. Por otro lado, porque todo resulta difícil y extraño. Vives enfrascado en una sensación de frustración-inseguridad-impotencia constante que, poco a poco, va haciendo mella en tu estado de ánimo, en tu voluntad y en tus ganas de sonreír. No entiendes nada sobre cómo funcionan las cosas aquí, no sabes qué es lo importante, ni cómo cocinar los marrones que se amontonan en cada esquina y todo te parece urgente. Vas perdido. Muy perdido. Cómo si acabaras de nacer y no supieras nada del mundo que te rodea. Eso sí, los cachetes en la nalga del médico de turno para que espabiles y eches unos berridos tampoco faltan. De esos hay varios a diario.

Trabajar 12 horas consecutivas, sábados y domingos incluidos (con 20 minutos para comer en los que también estás currando mientras engulles un bocata), no es una opción, es una necesidad. Y eso sólo para intentar llegar a cubrir una cuarta parte de todas las exigencias que te requieren en la escuela (lo de preparar las clases en profundidad se lo dejo sólo ya a los vampiros...). ¡Ah! Y si entre formaciones casi militares para ir al baño te da tiempo a enseñarles algo a tus alumnos, pues eso es lo que te llevas de sentirte maestro ese día.

Pero... en mi caso particular, a todo el ajetreo laboral hay que sumarle dos golpecitos con el coche en menos de una semana, que conllevan consecuentes reportes policiales, partes varios de compañías de seguro, expulsión del propio seguro por pasar a ser considerado conductor temerario por siniestros repetitivos sin importar cómo han sido estos, dificultad extrema para encontrar otra compañía que te acepte y que no te obligue a vender un riñón para pagar la póliza (a día de hoy aún no la he encontrado) y llamadas, más llamadas (muchas de ellas sin respuesta alguna), dudas y trámites sin resolver que, un mes después de lo ocurrido, aún te dejan con la sensación agridulce de no saber si en algún momento vas a tener que contratar a un abogado....

Os podéis imaginar, pues, que esta aventura está siendo, por el momento, digamos que algo más que entretenida. Un verdadero quebradero de cabeza que está poniendo a prueba mi resistencia emocional, laboral y, hasta cierto punto, espiritual. Mi padre tiene que estar muy orgulloso de mí, porque me estoy curtiendo la tira. A estas alturas tengo la piel que parece esparto.

Pero no todo es malo. Estar aquí también tiene sus cosas buenas (espero no haber descubierto aún la mayoría de ellas, sino que alguien me explique cómo la gente aguanta aquí 3 y 4 años...). He conocido compañeros maravillosos que te ofrecen un hombro donde echar unas lagrimillas (que las ha habido y, muy a mi pesar, seguro volverá a haber), viajes a ciudades a las que nunca hubiera imaginado que podría ir en una escapada de fin de semana (ya habréis visto algunas de mis fotos en Facebook de Washington). Pero sobre todo, amigos que he ido haciendo por el camino y que se están convirtiendo en mi clan, en mi única familia cercana sin la que, seguro, ya hubiera hecho las maletas hace días y me hubiera vuelto a comerme un bocadillo de fuet y un pincho de tortilla.

Hoy llevo un mes currando aquí. ¿Y sabéis que es lo más curioso? Que todo el mundo dice que, a partir de ahora y hasta diciembre, el camino tiene todavía más pendiente... Y yo sigo pensado: "Seguro que todo esto me servirá para algo".