lunes, 31 de octubre de 2016

El clic

Llega un día en que, de la noche a la mañana, baja la temperatura. No mucho, porque no hace ni siquiera frío. Simplemente hace menos calor. Y con ese cambio, aunque minúsculo pero perceptible, parece que todo se apacigua, que la rabiosa vorágine de los primeros meses deja paso a una especie de algarabía controlada que espera al acecho, lista para volar por los aires y ponerlo todo de nuevo patas arriba, como una bomba de relojería programada contra tu voluntad, esperando el momento oportuno para estallar de nuevo, sin previo aviso, y desmontarte la poca organización que has conseguido establecer en tu rutina diaria.

Porque la vida aquí es extraña (como imagino que lo es la vida de todo aquél que deja un país para instalarse en otro con una cultura marcadamente diferente). Parece que, poco a poco, todo va encajando, pero tienes la constante sensación de que te faltan un par de piezas del rompecabezas. Un par de piezas que el fabricante ha olvidado meter en la caja y que te están jorobando el puzzle. Esas dos malditas piezas que están en el medio y en las que todo el mundo pone los ojos para darse cuenta de que la obra no está completa.

Sí. Vives con la sensación que te faltan ese par de piezas y que, aunque las encuentres, nunca vas a ser capaz de encajarlas como Dios manda. Y así pasan las semanas y, casi sin darte cuenta, un día te levantas y resulta que llevas casi tres meses trabajando en una escuela americana. Y sonríes, en una mueca agridulce, porque a pesar de todo, aún no tienes claro cómo funcionan las cosas. Te sientes menos torpe, eso es cierto, pero te sigue faltando la confianza suficiente para pisar con firmeza sobre un suelo que parece que se aguanta sobre una baraja de naipes montada por dos borrachos a les tres de la madrugada en un bar de carretera provincial.

A diferencia de las primeras semanas, ya te has acostumbrado a esa sensación de inseguridad y has aprendido a vivir con ella, como un juanete en el dedo gordo del pie o una tendinitis crónica en la rodilla derecha. Así que ya te empieza a dar un poco igual que te tiemblen las rodillas a cada paso que das. Dirías que hasta te lo tomas un poco a broma, porque sabes que eres un superviviente y que, aunque te cueste admitírtelo a ti mismo, lo estás dando todo por hacer las cosas bien. O, por lo menos, por hacer las cosas como crees que están bien, aunque a la mitad de ellas no les veas mucho (o ningún) sentido. Y carajo, tanto esfuerzo, el karma tiene que compensártelo de algún modo.

Sí. Llega un día en que te da igual si encuentras o no esas dos piezas que te faltan (te gustaría encontrarlas, claro, pero ya barajas todas las posibles opciones) porque sabes que vas a acabar saliendo del paso, aunque sea poniéndole un parche al puñetero rompecabezas. En ese momento algo en tu cerebro hace "clic", y te permites respirar hondo y sonreír, aún teniendo la extraña certeza de que la calma chicha esta a punto de dejar paso a una nueva tormenta de rayos y truenos, de esas que calan hasta los huesos. Porque sabes que, pase lo que pase, vas a estar ahí, al pie del cañón, aguantando bajo la lluvia y apretando los dientes, listo para salir a flote de nuevo.