jueves, 6 de abril de 2017

Viviendo deprisa

Viviendo deprisa. Ese es el estribillo de la canción que Alejandro Sanz le podría haber dedicado a todos aquellos que, durante algún tiempo, algunos más y otros casi un suspiro, viven alejados del que una vez consideraron su hogar.

Y es que, cuando vives lejos de casa, te parece que el tiempo pasa mucho más deprisa. Te parece que cuando te vendieron el billete de avión para cruzar el charco caíste de bruces en el timo de la estampita y, sin avisarte, te colaron una cláusula en la letra pequeña del contrato que, con el paso de los meses, te has tenido que comer con patatas: "Señor viajero, sepa usted que el tiempo es relativo (ya lo dijo Einstein, líbrenos de todo mal, amén) y que éste transcurre proporcionalmente más rápido cuanto más lejos se encuentra usted de su punto de partida".

Dicen los sabios que el hogar es donde el corazón está y, en mi caso, mi corazón está a muchos miles de kilómetros, en un rincón del mundo que huele eucaliptos en las tardes de verano, a paella los domingos, a labios dulzones y a pintura de colores en las paredes de la habitación del niño que aún llevo dentro. Y por eso, supongo, mi tiempo lejos de casa avanza muy deprisa, tanto que casi me da vértigo.

Los días vuelan y parece que los devora el calendario. Y eso asusta, Y mucho. Porque cuando se echa de menos todo da un poco más de miedo. Cuando se vive deprisa las grietas parecen abismos y las sonrisas viajan en abrazos que nunca llegan. En la vida del viajero del tiempo relativo los colores son más grises y, sin quererlo, te vuelves más egoísta, aunque te pese reconocerlo. Porque no quieres que ese tiempo que vuela para ti pase en absoluto para ellos, para los que amas, para tus amigos. No quieres perderte nada. No quieres que se te escape el tiempo que has pasado lejos.

Por eso, cuando vives deprisa y empiezas a echar de menos, no te queda otra que cerrar fuerte los ojos, respirar bien hondo y rezar para que, cuando regreses al punto de partida, el tiempo se invierta y, ahora que vas a estar cerca, el muy capullo se dedique a pasar tan lento que te canses de saborear el olor a eucaliptos durante las tardes de verano, a paella los domingos y a los labios dulzones en esa habitación con las paredes salpicadas de colores.

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